Quilmes, 06:30 am. El despertador marca el comienzo de un nuevo día
Cintia intenta despertar, es lunes y cuesta levantarse tanto o más que un viernes. La alarma suena por dos minutos aproximadamente, ella la apaga con cierta tranquilidad, sabe que en quince minutos vuelve a sonar y es allí cuando se levanta, ese es su plazo. Comenzar la semana nos pesa a todos, pero una vez arriba lo que sigue es rutinario, aunque estemos dormidos.
Ir a la cocina poner la pava, luego al baño, abrir la ducha, volver a la cocina ver que el agua ya está a punto y preparar un té, con su preferido y permitido “ Taragüi”, que alcanzara el sabor exacto mientras ella se ducha. Todo es un circuito que Cintia realiza de memoria, con los pasos contados. Luego llega el desayuno acompañado de algunas galletitas, que ella misma cocinó en esta nueva vida en la que prueba recetas libres de gluten. Cintia hoy tiene 33 años, y fue a los 18 años luego de más de un año de estudios que descubrieron la enfermedad, diagnosticaron celiaquía.
Desde hace 8 meses vive sola en un departamento, su decisión para despegar de la casa familiar, independizarse. Fue así como tuvo que aprender a organizar su día y su vida, sin tener a su madre cerca, como hasta hace un tiempo. Ana, su mamá y sus dos hermanos menores viven a 10 cuadras de allí, y fuera de los encuentros del fin de semana, ella suele pasar al regresar del trabajo antes de ir al departamento, para verlos y merendar.
Ana es viuda, desde hace poco más de 15 años, su esposo falleció de cáncer en el estómago. Al poco tiempo que esto ocurrió empezaron los estudios en Cintia, y luego en sus hijos menores – de 10 y 5 años en ese entonces – pero solo su hija mujer dio positivo.
Ya pasaron muchos años desde la pérdida de su papá, sin embargo Cintia tiene una pregunta en su interior “¿Podría haber sido celiaco mi papá y no se dieron cuenta, no lo descubrieron? ¿Por eso él no se cuidó?” Nadie tiene la respuesta es una incógnita en su vida.
Cintia es contadora, trabaja en microcentro en un estudio contable, junto a dos colegas compañeros de la facultad. Ya tiene la costumbre de preparar un tupper con la comida permitida para un almuerzo saludable, además de llevar otro con algo dulce y casero.
Llevar los tuppers podría ser una rutina, pero es un ejercicio al que está habituada desde la época en que trabajaba en la agencia de turismo de 9 a 17 hs. y de allí seguía a cursar en Económicas. Por esas épocas no había tanta información, no tantos productos aptos para celiacos en cualquier lugar, y mucho menos en el kiosco – bar de la facultad. Ella recuerda hasta llevar los saquitos para hacer su té en los fríos inviernos de cursadas, y de paso hacer más leve el regreso a casa a medianoche.
Ella dice “el esfuerzo dio sus frutos” y muestra orgullosa la foto con el título en mano del acto de colación. Con ese título que dedicó a la memoria de su papá, a su mamá que preparaba cuidadosamente su comida acompañando toda la carrera y no olvida a sus hermanos que le hacían el aguante en noches previas a parciales y finales.
Cintia podría no traer nada para comer y pasar por algún local que tenga menú SIN TACC, sin tener que caer en el clásico bife o pollo grillé con ensalada, quisiera tener la posibilidad de elegir por ejemplo un plato de pastas con la salsa permitida o cualquier otro plato de la carta convertido en aptos. Lamentablemente esto no es tan fácil.
Las leyes de Nación, Provincia y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires establecen que los restaurantes tengan al menos un menú apto para celíacos, pero si esto no se cumple no existen sanciones. Las infracciones caen sobre aquellos productos que dicen ser aptos y no tienen el rotulo.
Aunque existen locales que tienen algún plato apto, que dicen separar los elementos, ella tiene desconfianza, no puede acostumbrarse a comer fuera de casa, con la comida que prepara ella o su mamá. Piensa que la contaminación cruzada puede ocurrir en cualquier momento y es su temor.
Cintia tiene proyectos, uno es ser mamá sabe que cuando eso ocurra, apenas nazca hará los estudios correspondientes y espera no sean tan traumáticos como los que ella pasó. Valora las redes sociales que comparten la información acerca de los productos aptos y no. Aún falta mucho por hacer, es necesaria mayor difusión en colegios a padres y alumnos acerca del tema para integrar y aprender a vivir con chicos celiacos.
Ella sabe que la dieta no debe convertirse en obstáculo y espera que en un futuro no muy lejano todos puedan compartir un cumpleaños, una salida a comer con amigos o familia, incluso hacer las compras en el supermercado. Que los celiacos no encuentren trabas en nuestro país.
Mabel Saez
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